Para sus protegidos han acabado siendo como una segunda piel. Para el resto, una silueta invisible, un mal menor, a lo sumo el rastro borroso de una incómoda pesadilla. Desde hace tiempo forman parte del paisaje cotidiano de la misma manera que los paraguas, las bicicletas y los postes semafóricos: esa clase de elementos en los que nadie repara hasta que no salen en la fotografías tapando el objeto y echando a perder la toma. Hace tiempo que el proceso de familiarización con la amenaza y el miedo acostumbró a nuestra retina a hacerse la distraída al ver pasar la silueta de los guardaespaldas. De vez en cuando, una crónica con fondo humano sobre vidas escoltadas nos acercaba a la doble aflicción que arrastraban; por una parte, la falta de libertad de quienes estaban condenados al acompañamiento de una sombra tenaz; por otra, la tensión y el miedo de unos protectores puestos ahí para interponerse entre el hombre y esa incierta bala que podría estar acechando a la vuelta de cualquier esquina.
José María Ruiz Urchegui, ex secretario general de los empresarios guipuzcoanos -un colectivo significativamente castigado por el crimen terrorista, como tantos otros-, acaba de anunciar su renuncia a llevar escolta. En el plano particular, puede que se trate de un gesto aislado de coraje o de hastío, o de ambas cosas al mismo tiempo. Aunque sabemos que el precio de la seguridad es elevado, hay quien no está dispuesto a pagarlo con la moneda de la propia libertad. Pero en el plano público la decisión adquiere otro sentido, lo haya deseado o no Ruiz Urchegui. Viene a decir que es tiempo de soltar lastre. Mientras el brazo político de la sociedad actúa estrechando el cerco a los asesinos, a los ciudadanos nos toca cambiar de hábitos, apartar rutinas, volver la mirada allá de donde la habíamos desviado para no admitir la realidad o simplemente para escurrir el bulto. Recuperar la salud exige no dar por buena ni una sola de las costumbres adquiridas.
Tener escolta no era un vicio ni un lujo, sino una triste obligación, pero resignarse a llevarla como si tal cosa, como si así hubiera de ser para siempre, suponía admitir una suerte de derrota. El ideal de una convivencia sin escoltas es una quimera, desde luego. Allá donde haya una persona que se sienta en peligro quedará la necesidad de protección. Nadie nos garantiza que cuando los terroristas se esfumen su hueco en el mapa del delito no vaya a ser ocupado por especialistas en secuestros exprés o en robos a mano armada. La diferencia reside en que los veremos de distinta manera. No nos podrán quitar el derecho a ser egoístas y pensar que la elección entre salir a la calle escoltado o hacerlo a pecho descubierto es entonces un asunto privado, mientras que hasta ahora nos concernía a todos por más que le diéramos la espalda y mirásemos hacia otra parte. Solo por eso ya merece la pena soñar en un nuevo paisaje sin escoltas.
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